La maleta
Ayer me compré una maleta. Llevaba días con el cuento de comprarme una maleta nueva. El hecho de que tuviera que ser una maleta de rueditas significaba un gran paso para mí y sólo por esa razón quería que fuera una maleta divina. Dejar mi morral guardado los fines de semana, mi morral no sólo de escalada, sino de escaladora, ha sido un paso nada fácil de superar. Pero llegar a una conferencia sobre el tiempo y encima de todo, con un morral sobre las espaldas, no creo que me ayude mucho en nada. Que es el contenido de la presentación el que tiene que ser impecable, se sobrentiende. Pero una maleta de rueditas en vez de un morral delator, ayuda.
Así las cosas, llamé a Andrea, la mejor asesora de compras, y ella muy solícita se ofreció a acompañarme a hacer la vuelta en medio del gentío prenavideño. Comparamos tamaños, colores y precios hasta que finalmente nos decidimos por el accesorio perfecto para una joven conferencista. Pagamos, le quitamos todas las marcas y salimos a la ciudad. Andar un sábado por Oxford Street puede ser una experiencia similar a andar un sábado por Unicentro durante la Uniferia. Ahora imagínense la misma calle, el mismo día de la semana, pero pocos días antes de navidad. Y ahora imagínense eso y en medio una mujer andando con una maleta de rueditas.
En fin, Andrea se conoce de sobra todos los recovecos londinenses y sin demora nos condujo hacia una calle solitaria. Veníamos conversando, así que no noté el infierno que se me avecinaba. Cuando finalmente nos despedimos y me dirigí hacia el tren, ya era de noche. Prefiero subirme en el último vagón, pues es el que me deja después más cerca a la salida. Empecé a caminar por la larga plataforma, cuya resonancia ya suelo asociar con el fin del día y el regreso a casa: pasos solitarios y húmedos que se dirigen a sus respectivos vagones.
Pero esta vez todo fue diferente. Eran mis pasos, los de un señor afanado y la maleta. La maleta. La maleta pequeña y discreta que había escogido en uno de los mejores almacenes de la ciudad, me estaba traicionando: el corredor parecía ahora inundado en un fluido sonoro espeso y obstinado que ahogaba cualquier otro sonido que de otra manera se hubiera multiplicado sin cesar. Y yo era la culpable de eso. Me subí al tren y cerré los ojos. Trataba de no ver la maleta. Que situación tan embarazosa. Todo por vender una imagen. Una imagen que de señorita había pasado a ser el de una mujer ruidosa e irrespetuosa.
El cepillo de dientes que me regaló mi mamá lo sentí al comienzo como un engendro y me costó tiempo y esfuerzo acostumbrarme a la sensación del retumbar de mi cráneo, pero por lo menos no incomodaba a nadie más que a mí. Había decidido reducir ese sacrificio diario por el bienestar dental a una sola sesión nocturna y así estaba bien. El buceo simplemente lo reemplacé por el careteo, a menos que de por medio hubiera promesas de grandes profundidades. Económicamente también valía la pena, así que por ahí no había problema. Es que eso de bajar a las profundidades marinas vestido con la parafernalia que exije, echando burbujas por doquier y estrellando el tanque contra los corales de cualquier pasadizo estrecho, es realmente un escándalo. Los peces se asustan y salen corriendo. Los más valientes se quedan mirando aterrados. Nada como caretear: se acercan curiosos y empiezan a jugar. Y claro, el silencio. El silencio de la profunidades, el canto de las ballenas, el motor de la lancha, tras un descuido. No, sentirse inmerso en la propia respiración en vez de sumergido en el mundo acuático, es una sensación que definitivamente prefiero evitar.
Me dormí y cuando me desperté en Egham la estación estaba solitaria y fría. Salí a andar tratando de disfrutar aunque sea el cambio de las texturas de los diferentes suelos. Ya no se trataba de la oscuridad de la noche atravesada sutilmente por el resonar de mis pasos solitarios. Ahora, en medio del camino surcado de árboles, sentía una desolación inmensa cargando esa gran matraca dentro de mi tan querido y silencioso bosque.
Pero de pronto algo me hizo dismimuir mis pasos: el piar de un pajarito. ¿Un pájaro a estas horas? No podía ser, eran poco más de la una. Había atardecido al menos ocho horas antes y habría que esperar otro tanto para que volviera a amanecer. Estaría enfermo, pensé mientras retomaba mi paso. Pero de pronto de nuevo. Otro piar de un pájaro. Claro, pensé, con estas noches tan largas, el reloj biológico debía desordenárseles tanto como a mí. Debían pasar las noches desvelados, conversando unos con otros, luchando juntos contra el frío. Antes de que cayera en cuenta de lo que estaba pasando, un último piar atravesó mis absurdos pensamientos. Ya no era un piar somnoliento y quejumbroso. Era un piar alterado, largo y sonoro, un piar en protesta. En protesta de mi maleta. De mi desparpajo en venir a perpetrar el sagrado silencio de la noche.

6 Comments:
Al contrario de sumercé, el ruido de mi maleta no representó su grito de recién nacida, sino sus estertores de moribunda, que me hicieron sentir ruidoso, invasivo rarísimo en dos aeropuertos y media Liverpool, donde la negra y fiel (ya llevaba como 10 años de servicio, me acompañó al paseo de grado del cole) se empezó a despedazar en Hanover street, para terminar siendo cargada como un cadáver en su marcha.
Caminé todos los almacenes que encontré y me hice a una nueva maleta para cambiar los contenidos del cadáver a la recién conocida, que me acompañó silenciosa a través de una ligera perdida que tuve de una estación de buses a otra.
Algún día esta chillará también, supongo.
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Edward
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