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viernes, noviembre 17, 2006

Ruidos delatores

Oír cantar a Glenn Gould en algunas de sus innumerables grabaciones, tiene su encanto. Hace parte de la construcción de su estilo, de la manera cómo aborda una obra, cómo nos la presenta. El canto expresa la gestualidad que viene de adentro, es un paso intermediario entre la lectura y el toque del piano. Es el vestigio de su proceso personal.

Una de las definiciones de ruido –el otro día leía justamente sobre eso y no me acuerdo dónde- es el de los sonidos que acompañan el toque sin hacer parte de la música. Chion los llama vestigios materiales de lo sonoro. Los instrumentistas por lo general tratan de evitarlos y de hecho, el evitarlos hace parte de su educación como instrumentistas. El violinista, por ejemplo, aprende a sostener una nota más allá del arco. Si el largo del arco se le acaba, tiene que regresar sin que ese regreso sea perceptible. Los instrumentistas de viento, aprenden a no hacer sonar demasiado el golpeteo de las llaves. Los cantantes aprenden a ocultar sus respiraciones. En la interpretación de música clásica, los ejemplos no faltan y son expuestos sobre todo por la rebeldía implícita en el jazz.

No es nuevo además, que la tecnología, cuando de grabaciones se trata, viene en su ayuda. Evitar una respiración en un lugar comprometedor, no es nada que no se pueda editar. Cuando la mano se desliza sobre el mástil de la guitarra y deja esos chirridos indeseables, también puede enmendarse. Son decisiones que por lo general se toman de mutuo acuerdo entre instrumentista y productor y hacen tan parte de lo que concebimos como una buena grabación, como el hecho de escuchar esos 'ruidos' hace parte de lo que nos gusta de una interpretación en vivo.

Sin embargo, algunos de los ejemplos que se me ocurren, en donde esos ruidos tienen su propio encanto, como en el de Gould, son de interpretaciones solistas. Imaginar que uno está parado o recostado junto al piano, escuchando la respiración del solista, la digitación sobre el piano y el martilleo sobre la cuerda, es algo que cabe en los parámetros de lo real. Tiene sentido, y de alguna u otra manera se siente como un privilegio tener a Gould ahí, en la sala de la casa.

Pero ¿qué pasa cuando escuchamos los ruidos de un toque que por lo general nos toca escuchar a distancia, a menos que tengamos la confianza de recostarnos en la espalda del instrumentista? Oír, por ejemplo, un delicado chirrido de la silla de un baterista, es un absurdo. Son esos detalles que sólo hemos podido 'ver' gracias al micrófono. Un micrófono correctamente localizado puede hacer maravillas. Caí en cuenta de eso escuchando el disco Gaita negra, el disco de Paíto, producido por Urián Sarmiento y Felipe López.

En el él se eschuchan los sonidos guturales del toque de la gaita. Supongo que por razones prácticas, más allá del estilo particular de Paíto, nunca había tenido la oportunidad de oír eso. Aunque ya había estado muy cerca de personas tocando, no me imagino una situación en la que pudiera acercarme lo suficente para tener acceso a esos sonidos. Vale notar que lo que se ha denominado en la industria discográfica como World Music y la música clásica, tienen en común, una búsqueda de 'autenticidad': en oposición a lo que ocurre en músicas pop, éstos géneros grabados persiguen la representación de la escucha en vivo.

La mezcla en el disco de Paíto es impecable, sobre todo conociendo las condiciones de la grabación. La nitidez del alegre es fascinante. Sentir la percusión ahí, como la conjunción de cuatro instrumentos –llamador, tambora, alegre y maraca- identificables timbrísticamente y no como una amalgama rítmica de fondo, es fascinante. Pero escuchar los sonidos guturales producidos por el toque de la gaita, es algo que como mínimo me plantea una cuestión interesante. Así como por un lado resulta un privilegio conocer los secretos más intrincados de ese instrumento, por otro, recrea una situación tan irreal, que también destapa las costuras de la producción. Un caso para pensar.