For its own sake
El martes Daniel Leech-Wilkinson se presentó en el King's College bajo el título Music: Science or Art?. El título me pareció tan ambicioso que tenía que ir a ver cómo lo resolvía. En términos formales, la exposición fue asombrosa. Vestido impecablemente, con traje y corbata, comenzó a leer con todas las inflexiones del caso. Su presencia ya de por sí agradable fue subrayada con miradas de complicidad hacia el público. Sus ejemplos, sin excepción, cómicos, las filminas que acompañaban la lectura y los trechos sonoros escogidos cuidadosamente para resaltar el efecto.
Su exposición interlazaba ágilmente varios ejemplos de investigación en los cuales la preocupación central era la música: pájaros cuyos cantos podían explicarse en términos musicales tales como la polifonía y el canto responsorial, micos que usaban gritos y gemidos al parecer fortuitos como forma de interacción creativa, bebés pulsando al ritmo de cantos de cuna, enfermos de Alzheimer encontrando en la música una distracción regeneradora, scanners cerebrales para leer el impacto de diferentes tipos musicales, etc. Cuando ya me estaba inquietando la pregunta acerca del lugar al que nos iba a llevar este torrente de ejemplos díspares, salió con una lista extendida de las áreas de investigación que tenían algún interés en la música: sicología, lingüística, física acústica, biología, historia, medicina, ingeniería mecánica, en fin, la lista era interminable. ¿Para qué? Su propuesta era la de unir esfuerzos y crear un gran centro de estudios musicales que reuniera a todos estos investigadores para un bien común, la música.
Al encuentro fue, entre muchas otras personalidades del mundo musical y computacional, la investigadora húngara, residente en Australia, Dorottya Fabian, quien se encargó al principio del semestre de dos de nuestras clases. La investigación que nos presentó procedía de una duda dejada por Timothy Day en su libro A Century of Recorded Music (2000). Day, comentando cómo habían cambiado los estilos de interpretación en el último siglo, afirmaba que los pianistas en general tocaban ahora más rápido que antes. Me imagino a Dorottya leyendo en la mecedora de su casa, parando tras terminar el capítulo y mirando al vacío. En su cabeza tal vez pasando una serie de imágenes de interpretaciones conocidas y queridas por ella sin poder encontrar pruebas para tal conclusión.
Su investigación, basada en análisis computacionales que procesan la información de cada pulso insertado, para luego hacer comparaciones entre diferentes interpretaciones de una misma pieza, y entre diferentes piezas, mostraba cómo no sólo no era cierta la afirmación de Day, sino cómo a veces los datos la contrariaban. Vale resaltar la pertinencia de la investigación, en un momento en el cual los estudios de estilos interpretativos está creciendo a la par con los adelantos tecnológicos en la industria discográfica. Sin embargo, más allá de su utilidad, la investigación me conmovió como un mero intento de sacarse una espinita, una duda que algún día le quedó flotando en el aire. Para despejarla, no dudó un instante en hacer uso de la tecnología más avanzada en el campo del análisis computacional, ni en recolectar grabaciones de todos los tiempos y lugares del mundo. Fue hasta las últimas consecuencias, llevando a cabo con cuidadoso detalle su ambiciosa tarea.
Para mí la universidad, que tiene sus raíces en la vida monástica, siempre ha representado un mundo de utopías. Es el lugar en el cual se reúnen pensadores sobre las más diversas ramas del conocimiento. Personajes escépticos que le buscan la quinta pata al gato con tal de satisfacer su curiosidad. Que además la sociedad haya creado un espacio que permita financiar esa empresa, es absolutamente conmovedor. Pero la sociedad ha cambiado y el pragmatismo del capitalismo es ineludible hasta dentro de ese mundo antes intocable. Ya no sólo es cuestión de pensar, sino de pensar para algo. Como un día, al tratarle de explicarle a un amigo escalador y futuro heredero de la empresa de su papá a qué me dedicaba. Bien, ¿pero qué me puedes vender una vez termines tu investigación?, ¿a quién le sirve lo que tú haces? Sería una irresponsabilidad no saber contestar esa pregunta, menos aún ante mis patrocinadores. ¿Pero realmente me creo la respuesta? He ahí la cuestión.
La exposición de Leech-Wilkinson fue un éxito. Además fue seguida por un coctelito lo más de simpático lleno de músicos encorbatados. Me pregunto si de verdad es representativo del mundo musical londinense o si más bien, quienes ostentan su corbata, no serán esos investigadores que quieren convertir el mundo musical académico en una empresa rentable. Por mí, está bien: que lo conviertan en una empresa rentable para que dejemos de ser los patitos feos de las universidades, que reúnan plata para que me den una oficina y tenga que dejar de estudiar en mi dormitorio o pasear mi laptop por entre bibliotecas. Como ya lo hago, en busca de becas, supongo que tendré que seguir construyendo justificaciones elaboradas. Pero no me pidan que me las crea ni que les dedique más tiempo del que se merecen. Yo quiero seguir dedicándome a lo que realmente me gusta: despejar mis dudas acerca de las cosas más insignificantes de este mundo.

5 Comments:
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Querida sobrina de mi amigo José Javier: no tengo reparos en que te guste despejar tus dudas acerca de las cosas más insignificantes de este mundo. A mi también me gustan cosas parecidas, como recostarme toda una tarde en una hamaca, sintiendo el aire del campo en mi cara y viendo la copa de los árboles moverse a su ritmo. Pero hay dos cosas que no haría: primero, justificar mis gustos con argumentos que yo mismo no me creería; y, segundo, satisfacerlos a costa del erario público.
Saludos, me gustaron algunas de las historias de tu blog.
Jorge
Gracias por lo que dijiste, solo quería dejar una huella pequeña por aquí. Entiendo lo que decís, y no estoy de acuerdo con Jorge, se puede justificar con argumentos tópicos y pensar en otra cosa y no es una traición (palabra que está tácita en la dicotomía esa). Hay muchas subvenciones de gentes muy copadas que se están perdiendo en Alemania y Francia (conozco el caso alemán y el francés por algunas referencias). Yo vivo ahora en España y acá tienen como supuesto que el público no se banca conciertos donde los músicos no están presentes porque aquí no hubo educación de largo alcance. Acá hay mucho "argentinos a las cosas" como decía Ortega y Gasset y el dudoso record de ser el país del mundo de mayor consumo en cocaina.
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