sonido·con·texto


Free Hit Counter

miércoles, octubre 25, 2006

Un psicoanálisis o cómo diferenciar un discurso del otro para no caer en la tentación de preguntar demasiado

Me encanta leer trabajos hechos desde las ciencias biológicas. Permiten observar claramente la inutilidad de las investigaciones científicas. A pesar de que soy objetivamente consciente de la inutilidad de mi producción escrita, a la hora de la verdad no la veo tan claramente como la veo en textos de otras áreas. Imaginar que puede llegar a ser relevante cortar en pedazos una florecita que antes había pasado completamente desapercibida para el resto de la humanidad para luego construir toda una justificación alrededor de la manera cómo se tomaron las decisiones para su clasificación, es realmente un engendro metafísico que no tiene más explicación que un perverso placer por el absurdo discursivo que brota del metódico culto al procedimiento. Es fascinante.

No tan encantador, pero no por eso menos interesante, es el discurso justificador, aquel necesario para recaudar los fondos que permiten que los llamados investigadores tengan cómo llevar el pan a la casa. Algunas ramas, más coherentes con las estructuras de poder, como aquellas de las ciencias duras, son evidentemente superiores en el arte del convencimiento. A otras, generalmente dedicadas a las suaves maneras del hombre, como la que se dedica al estudio de la música, nos ha quedado históricamente más difícil aquello de la justificación. Tal vez nos preguntemos demasiado y aquí viene un claro ejemplo de ello.

Dentro de aquellos que coleccionan músicas para disecarlas, desplegarlas, cortarlas en finos pedazos y sacar hipótesis sobre su uso y consumo, están los etnomusicólogos. Los musicólogos que estudian las músicas de los otros. O que estudian otras músicas. Pero con el tiempo y a raíz de las implicaciones que conllevan esas definiciones, simplemente los musicólogos que estudian las músicas en su contexto.

El problema, claro, empieza con la notación. Notar con el sistema pentagramado una 'música' 'ajena' es volcar en principio toda una estructura de pensamiento sobre aquella otra expresión sonora. ¿No es el concepto de música, ya en sí una construcción occidental? ¿No son los parámetros bajo los cuales los músicos construyen su discurso alrededor de la música sobre todo pertinentes dentro de este concepto de música y no de otro? Cuando entonces se llega con un paquete preestablecido de ideas sobre lo que es o debe ser la música para poner otras expresiones en esos términos, la consecuencia lógica es que empiecen a surgir conclusiones no sobre la propia incapacidad para reconocer otros valores, sino sobre teorías y categorías evolutivas. Fácil, si se toma la notación musical que por siglos se ha construido a la par con su propio discurso y práctica como patamar para la representación de otros discursos y prácticas que nada tienen que ver con lo que nosotros llamamos música.

Lo mismo puede decirse de la grabación, una técnica que se ha desarrollado paralelamente al discurso musical centroeuropeo para captar lo que le es más preciado, el discurso sonoro. Pero cuando lo que es más importante no es el discurso sonoro tomado como experiencia aislada, sino como parte esencial de una experiencia que involucra mucho más que esa escucha reducida a la audición, la grabación es un engendro que sólo se equipara con la notación musical en su calidad de pobre representación.

Y bueno, para empezar, ¿qué es ese discurso de la diferencia, de nosotros y los otros, de lo propio y lo ajeno? Sólo pensar en eso ya deja todas las preguntas anteriores sin fundamento.

Así estaban las cosas en mi cabeza cuando me tropecé con el artículo de Johnson (2002) sobre el legado de las grabaciones. Dice que debemos tomar las grabaciones no tanto como lo que podrían haber sido, sino como lo que son. ¿Qué son, si no todo lo que nos imaginamos que podrían haber sido? Difícil pregunta que algunos musicólogos tratan de responder. Pero al mismo tiempo di hoy con una discusión sobre una lectura de Clifford que tuve a mal no leer. La discusión giraba en torno al afán de los centroeuropeos por coleccionar y todo lo que eso implicaba. Una vez se les acabaron las florecitas de sus jardines, salieron a otros lugares a buscar más florecitas para ponerlas en su catálogo. Pero no sólo eso, pues ¿cómo debían organizar ese catálogo? ¿Por color, tamaño, forma, partes? ¿Por dónde empezar? Y lo que es peor, ¿dónde meter esos catálogos? Los museos de por sí son las grandes instituciones encargadas de la preservación, pero también lo son los zoológicos, las salas de concierto, los jardines botánicos. Símbolos del poderío occidental.

No sé si por acá esté la respuesta a alguna de mis preguntas, pero lo cierto es que ya poco me importa que los etnomusicólogos o para ese fin, los biólogos con sus extraños atuendos y actitudes, salgan a ver qué hay afuera mientras intentan explicar laboriosamente sus revelaciones en sus propios términos. En últimas lo que están haciendo no es tratando de explicar otras culturas, sino revelando a partir de sus actos su propia manera de proceder. Demuestran no sólo su obsesión como coleccionadores, sino su calidad de invasores de otros espacios, su capacidad para meterse con grandes discursos a dónde nadie los ha mandado a llamar y sobre todo, su perseverancia para satisfacer su curiosidad sin límites. Es tan aterrador como conmovedor y el discurso justificador tan invasor como encantadoramente ingenuo.

Pero a quienes nos gusta eso de meter las narices en todas partes y además tener la desfachatez de opinar sobre lo que encontramos, nada de eso nos debería importar. Y en ese sentido, los biólogos son mucho más exitosos en hacerse los de la vista gorda. En vez de hacerse preguntas acerca de cómo podría haber sido la investigación, la toman como lo que es. Esa es la actitud: creer en el ingenuo placer por el procedimiento y la intrincada elaboración del discurso que lo acompaña, y dejarse de importar por vender el alma al diablo para convencer a quién sabe quién de la utilidad de una de las cosas más divertidas que tiene la vida, investigar.

2 Comments:

Anonymous Anónimo comenta...

Tal vez estan escribiendo sobre ellos mismos.

5:16 PM  
Blogger R. comenta...

las grabaciones. tienes que ver 'Glenn Gould: Hereafter'.
Es un engendro entre documental y otra cosa que no conozco en el que Gould, a través de escritos pero con su voz (?), explica qué le gusta y por qué, porqué nunca hubiera grabado a Chopin y cómo fue que nació su relación de enamoramiento ("infatuation"?) con el micrófono. por qué para él grabar es la única forma de serle fiel a la música y por qué, en ese sentido, interpretar es volver a componer.
La película es de Bruno Monsaingeon, el mismo que dirigió la versión en video de la segunda grabación de las variaciones goldberg que grabó Gould.

xoox

1:52 PM  

Publicar un comentario

<< Home