El ladrón
Desde el principio, la situación en la cocina no fue la mejor. Teníamos que compartir la cocina entre ocho personas que no conocíamos. Eso quería decir ocho juegos de implentos varios, ocho mercados y sobre todo, ocho maneras de hacer uso de ellos. Había además cosas de las personas que la habían habitado antes, que creaban una sensación de descuido sin que nadie se atreviera a botar nada. Yo tomé la iniciativa: arrumé todo lo sobrante en una esquina de la cocina y empecé a preguntar. Algunas cosas fueron reclamadas, otras no. De éstas, yo escogí algunas y el resto lo boté. Esas cosas que decidí no botar pasaron a tener un uso común cuando alguien le hacía falta algo.
Pero nunca conversamos acerca de la limpieza. La mayoría cocinaba y se devolvía a sus cuartos con el plato en la mano. Sólo horas después reaparecían para eventualmente lavar su loza. Así había momentos en que el lavaplatos era impenetrable. Las neveras, ni hablar. Siempre llenas. Si a alguien se le regaba algo, por lo general era yo quien limpiaba. No hacerlo, implicaba soportar un charco de leche por el resto de la eternidad. Pero así como de alguna manera asumí esa posición organizadora de la cocina, también me tomé libertades en el uso de sus implementos. No dudaba en usar ollas y cubiertos de los otros, aunque siempre dejaba todo lavado. Sabía que usaban también mis cosas porque las encontraba sucias en el lavaplatos.
Una noche llegué y como siempre, lo primero que hice fue asomarme en la cocina a saludar. Estaban Rafie, el irakiano, y Charlie, el inglés. Rafie estaba visiblemente alterado. Charlie estaba leyendo una carta que Rafie había escrito y que iba a dejar pegada en la puerta de la nevera. Alegaba que había un ladrón entre nosotros. Decía que desde el primer día había ofrecido sus ollas, siempre y cuando las lavaran, pero que con el tiempo había decidido guardarlas en su cuarto al encontrarlas siempre sucias y cada vez más rayadas. Pero de algún tiempo atrás también había notado que empezaba a faltar parte de su comida. Eso ya le pareció la tapa.
Es claro que la carta sobre la nevera no iba a dejar de causar revuelo. Al día siguiente, todas las mujeres estábamos reunidas en la cocina a la hora del almuerzo, situación sin precedentes. Kana, como buena japonesa, había callado hasta ese momento. Le faltaban sus congelados, su mantequilla había sido fuertemente atacada y de vez en cuando le faltaba uno de sus yogures. Silencios seguidos por miradas, suspiros por sonrisas tristes. Había en el aire un desespero enorme por demostrar que ninguna había sido la ladrona y que podíamos confiar en cada una de nosotras. Ni a la china ni a mí nos faltaba nada, así que poco teníamos que decir. Yo me limitaba a hacer chistes de vez en cuando, alegando borracheras, antojos y perversiones. Durante ese día, ya entrada la tarde, las seguía oyendo cuchicheando en el corredor.
Pasó el tiempo sin que realmente le diéramos muchas vueltas al asunto, aunque teníamos un sospechoso. Se trataba del musulmán, a quien nadie le conocía realmente sus costumbres alimenticias. Era época de Ramadán, y eso significaba que sólo comía cuando el resto de nosotros estaba durmiendo. También significaba que durante el día estuviera recluido y que pocas veces teníamos la oportunidad de verlo. Sería una cuestión, pues, de dejar pasar el Ramadán, debimos haber pensado. Sólo a partir de ese momento podríamos conocer sus hábitos y confirmar nuestras sospechas.
Hasta que un día tuvimos una sorpresa. Llegué por la noche a la cocina y había una algarabía generalizada. El musulmán había sacado su computador y le estaba mostrando una grabación a seis de nosotros. Repitieron la grabación, que ya había sido cuidadosamente editada, para que yo pudiera verla. Silencio generalizado ante unas imágenes en las que nadie quería creer. Las imágenes mostraban a cada uno de nosotros en diferentes horas del día, entrando en la cocina y usando las cosas sin la más mínima consideración ante lo ajeno. Cada uno de nosotros debía pensar en silencio que un poquito de leche no le hacía mal a nadie, un poquito de jugo, menos, un yogur de vez en cuando, nadie lo contaría, un poquito del queso aquel, y una salchicha aquí o allá no le restarían a la cuenta. En suma, las imágenes demostraban que no había un solo gran ladrón, sino ocho pequeños ladrones. Tan pequeños y tan inocentes, que podíamos darnos el lujo de creer en un verdadero ladrón, ajeno a nuestros propios actos.
Alguien sacó unas cervezas y al cabo de un tiempo ya nos abrazábamos fervorosos. No sólo éramos compañeros de piso, sino que nos habíamos convertido en cómplices. La cocina nos pertenecía a todos por igual y en símbolo de paz, Rafie volvió a sacar sus ollas para ponerlas a disposición de sus nuevos amigos del alma.
Los cuchicheos en el corredor continuaron, también los encuentros para almorzar. El lavaplatos, sin embargo, dejó de ser impenetrable, salvo por escasas excepciones. Tal vez tratábamos de no incomodar a los otros, no incomodar a nuestros amigos, a toda esa gente que éramos, cortados con la misma tijera.

5 Comments:
¿el irakiano?
bueno, vale, recibo sugerencias...
irakenho? iraki? irakense?
Ana, la estoy leyendo.
Que rico entar en su mundo.
Yo se que ud se comio todo el queso :)
Un beso, Dani
Dice la RAE:
Iraq. La grafía culta del nombre del país árabe que se asienta sobre los territorios de la antigua Mesopotamia es Iraq. Esta grafía resulta de aplicar las normas de transcripción del alfabeto árabe al español, según las cuales la letra qāf en la que termina este topónimo en árabe se representa en español mediante la letra q. La grafía Iraq es la que usan filólogos y arabistas de la talla de Ramón Menéndez Pidal, Miguel Asín Palacios y Emilio García Gómez, entre otros. No obstante, y debido probablemente a la anomalía que supone para el sistema gráfico español el uso de la letra q en posición final, desde muy temprana fecha se documenta también en español, y es válida, la grafía Irak. El gentilicio es, para ambas formas, iraquí y su plural, en la lengua culta, es iraquíes (→ plural, 1c). No debe usarse la forma irakí para el gentilicio.
:P
hola Ananay como va todo, me gusto mucho su historia del ladron de cocina, tengo una amiga que esta recolectando narraciones cotidianas, las graban y luego las pasan por radio, incluso quieren transmitir en londres tambien, si le interesa las puedo poner en contacto
saludo,
mateo miniatura
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