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viernes, septiembre 15, 2006

Una analogía

El miércoles fui a un lugar llamado Monkeytown, un restaurante en el que hacen presentaciones multimediales. Se trataba de un salón cuadrado, de paredes altas, sobre las que proyectaban imágenes de video. Sofás bajos con sus respectivas mesas estaban dispuestas a o largo de las cuatro paredes. En el centro, los músicos. De entrada me gustó este montaje tan opuesto al de una sala de conciertos. Haría un amplio uso de él.

Cual no sería mi sorpresa cuando vi entrar a Satoshi Takeishi, percusionista japonés enamorado de Bogotá. Sería, junto a una linda pianista japonesa y un manipulador de video, el responsable por la primera pieza. Con su ya curtida sensibilidad para obtener de cada instrumento su distintiva expresión, sampleaba a partir de lo que parecían inventos propios todo tipo de sonidos. La pianista se encargaba de manipular las muestras con diferentes tipos de sintetizadores, supuestamente en conjunción con unas imágenes visuales que no proponían nada ni llevaban a ningún lugar. Su música, sin embargo, no sólo estaba hecha de sonidos con texturas sutilmente cargadas, sino que, de manera paulatina, eran enriquecidas hasta desembocar en un súbito pero suave final.

Como todas, tampoco la segunda ofrecería una propuesta visual que pudiera competir con la música. Las imágenes visuales de hecho distraían de unas experiencias musicales que fácilmente se justificaban a sí mismas. Así, la tercera y última pieza, ya sin más dispositivos electrónicos que un sólo micrófono, tenía como contrapartida sonora a un intérprete de vidrios, es decir, de copas y vasos pero también de pedazos afilados, que combinaba con las posibilidades del agua. Definitivamente un virtuoso, el tal Miguel Frasconi.

Durante la presentación nos sirvieron la comida. La carta ofrecía ese tipo de platos a los que la globalización nos ha expuesto hasta la saciedad. Pedimos unas quesadillas, rellenas de una preparación de papaya verde y queso, regadas con una salsita de cilantro y limonaria y acompañadas de un tradicional guacamole. El risotto tenía arvejas dulces, espárragos, pedacitos de cebolla al dente, estaba decorado con rúgula y bañado en un aceite atrufado. El śanduche de tomatos apanados y fritos venía acompañado de palitos de batata frita, una batata con aspecto, consistencia y sabor de ahuyama.

Todo muy rico, pero no del todo convincente. En busca de una razón justificadora, algo que complaciera si no mi paladar, al menos mi consciencia, repasé algunos de los platos que me han deleitado últimamente. Fríjoles con garra, otros con cerdo ahumado, melanzane a la parmigiana, sancocho costeño, y el emblema gringo del brownie con helado. Todos platos tradicionales. Aunque cada quien tiene su manera de prepararlos y justamente es eso lo que distingue la sazón de cada compositor culinario, su preparación tiene un margen de acción mínimo en lo relacionado con la improvisación, que se compensa, sin embargo, con una cuidadosa emulación de los detalles finamente tallados a lo largo de siglos de experiencias familiares.

Se me ocurrió una analogía. ¿Sería ese fatídico sinsabor el que presentarían tantos grupos de fusión musical? Las quesadillas no estaban mal, pero dejaban una sensación de clásicos burritos de champiñón malogrados; la ensalada de repollo blanco que las acompañaba, un recuerdo ácido de un coleslaw lejano. Los palitos de batata, deliciosos, pero pesados. Muchas buenas ideas, también buenos ingredientes, pero en el fondo una ingenua indiferencia hacia las raíces de cada plato, hacia el contexto en que sus sabores han sido moldeados durante años.

Al hablarle desprevenidamente de mi analogía a Simón Calle, un antropólogo de la música bogotano que se especializa en músicas de improvisación experimental, me encontré con un fuerte detractor. Sí, usted puede tener razón cuando se trata de la mayoría de grupos bogotanos, y comparto su desazón, pero aquí es diferente, defendió su objeto de estudio. Cuando se reúnen músicos a experimentar, normalmente son los mejores en su campo. Tienen la técnica a flor de piel, se saben todos los misterios de su propio instrumento y eso implica conocer también los contextos en los que puede desenvolverse. Así cuando salen a experimentar, lo hacen con conocimiento de causa. Hasta un experimento fallido es toda una experiencia.

Supongo que también es eso lo que pasa cuando un cocinero es bueno y se pone a inventar. ¿Qué tal los helados de Crepes?