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viernes, septiembre 08, 2006

Algunas exposiciones y un buen amigo

Ayer fui a visitar a Felipe al trabajo. Su idea inicial era mandarme con una guía a las inauguraciones de las galerías en Chelsea. Fracasó en el intento. Después de un cafecito y un delicioso postre cubanos y algunas historias sobre el trabajo de su jefe, finalmente sucumbió ante el sol que nos esperaba afuera y sobre todo, creo yo, ante mi cara de paseo, como confesaría después.

Felipe trabaja para Alfredo Jaar, artista plástico chileno. Jaar cuenta con una obra que llamó especialmente mi atención, El lamento de las imágenes. Me la describió de la siguiente manera: A la entrada se encuentran tres pequeñas imágenes escritas. Cada una narra una historia. La primera, el momento en que Nelson Mandela, después de 25 años de prisión, sale a la claridad de la luz. La segunda, un dato interesante. Bill Gates compró el archivo fotográfico de un periódico de gran parte del siglo pasado. Lo guarda en una bóveda mientras lo escanea lentamente. Su idea es crear un archivo digital que pueda vender más adelante a un mejor precio, claro está.

Vale notar que son fotos nunca publicadas de actos que con seguridad interesan a más de uno, fotos de Vietnam, Chernobyl, Kosovo, Ruanda… Algo parecido a la tercera historia, que informa que Estados Unidos compró todos los derechos sobre las imágenes satelitales sobre Afganistán a partir del momento en que decidió invadirlo.

Después de leer estas imágenes, la obra invita a pasar por un corredor oscuro. Una vez los ojos se acostumbran, el túnel desemboca frente a una pantalla luminosa, blanca. La reflexión de Vanessa, colega caleña de Felipe, es la de imágenes vivas, que dejan de estar. Imágenes que ciegan o se ciegan. La luz y la oscuridad.

A mí me dejó pensando en algo diferente. Aunque no del todo diferente. ¿Es ésta una obra visual? Son historias evocadoras, fuertemente evocadoras. Pero además de evocadoras, significantes. Pues no se trata simplemente de revivir la luz que pudo haber cegado los ojos de Mandela o de imaginar la bóveda oscura y a la vez segura donde Gates resguarda sus fotos alla Paul Auster. Además de esas imponentes imágenes vienen también las reflexiones sobre la importancia histórica y política de esos hechos, su magnitud; una magnitud abrumadora, cegadora, como se debe sentir de manera dolorosa al final del túnel diseñado por Jaar.

Es una oda a la imagen. A ese concepto que dice tanto que no dice nada. Una noción con la que me debato día a día en busca de palabras para describir ya no experiencias visuales sino sonoras.

Salimos, pues. Felipe escogió tres entre los cientos de galerías. Dos estaban cerradas, así que restó sólo la Gagosian, que exponía a Richard Serra. Como me decía Felipe, Serra se impuso en los setentas con obras minimalistas y a la vez grandes, con intenciones políticas, en las que primaba sobre todo el material. Lo que exponía Gagosian, eran obras comerciales, que aunque inmensamente grandes y pesadas –su materia prima eran bloques de acero-, eran removibles. Dos de ellas me gustaron especialmente.

Una, se fundía con el propio lugar de exposición. Un cuarto simétrico, estrecho, con entrada y salida en sus dos extremos y un techo alto, atravesado a lo largo por una claraboya. Dos bloques de acero vistiendo los lados largos del cuarto, de principio a fin, a una altura de aproximadamente metro y medio, con un grosor de unos veinte centímetros. Sin embargo, uno de los bloques era más alto que el otro. Despertaba una sensación de extraña asimetría. El nombre, No relief. Surge de manera espontánea, por lo menos de un hispanohablante, la siguiente pregunta: ¿alivio o relieve? Ese es el dilema.

La otra, Amongst elevations, reunía unas 16 placas de cuatro tamaños diferentes dispuestas paralelamente con separaciones de un metro entre sí en sucesiones diferentes. Creaban corredores con aberturas, algo así como un laberinto, si no fuera por sus lados abiertos. Lo que me encantó fue la cantidad de combinaciones que formaban según fuera la perspectiva. Me recordó sobre todo la visualidad de dos hombres muy queridos por mí. Uno, siempre pendiente de la luz y sus juegos, otro, del objeto y sus acciones. Uno más fotógrafo, el otro más encuadrador.

Los títulos con una carga de formalismo, de estudio, que sin embargo, conducen inmediatamente al material, a lo concreto. El acero oxidado, pulido, con los rastros de la carga, del trabajo en sí, forma mares contrastantes de texturas y colores.

El resto de exposiciones se veían muy mal, el público, también. Terminamos en un evento paralelo de ricachones. Una exposición de carros. Nos sentamos en un Lotus naranja, comentamos un Rolls Royce, varios Bentleys, y peleamos sobre dos Lamborghinis. Todo acompañado de Veuve Cliquot.